Mi amigo Javi Cortés Huete
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Ha pasado una semana y media. Noche de lunes en Barcelona. Yo salía del diario en el turno T3. En la redacción de Deportes, llamamos T3 al turno que arranca a las cuatro de la tarde y acaba cuando todo acaba. Aquella noche se había disputado el Barça-Rayo. Eché a caminar a las doce y media.
Sí, noche cerrada.
Subí al autobús. Contemplé a mi amigo, que era el conductor. Me contó que ya no correLloviznaba mientras ascendía por la calle Numància. Iba rumbo a casa. El escenario estaba en penumbra. Ni un coche, ni un alma.
En la parada del autobús, un autobús. Se había detenido por compromiso, ya he escrito que la ciudad dormía y ni un alma la recorría. Cuando pasé junto al bus, el conductor abrió las puertas y voceó mi nombre:
–¡Sergioooooo!
La voz rasgó la noche y mis pensamientos.
Volví la vista y allí distinguí a mi amigo, sonriéndome: Javi Cortés Huete.
Javi Cortés Huete tiene 53 años y un maravilloso perfil en World Athletics. En el 2001, corrió el maratón de Hamburgo en 2h07m48s.
Repito: 2h07m48s.
Su llamada me regaló un viaje en el tiempo.
Corredores durante la maratón de Barcelona
Alejandro Garcia / EFECuando teníamos 19 años, viajamos juntos al Europeo júnior de Varazdin (entonces, aquello era Yugoslavia; hoy es Croacia). Él disputó los 5.000m. Yo, el 800. Luego, Javi Cortés Huete creció como atleta, se elevó hasta las estrellas. Como maratoniano, compitió en los Mundiales de 1999 (Sevilla), 2001 (Edmonton) y 2003 (París). Para entonces, yo le seguía libreta en mano. Luego relataba sus proezas en La Vanguardia .
Subí al autobús. Al fondo, solo dos pasajeros.
Contemplé a mi amigo. Tenía algún kilo de más (es inevitable: cuando era un maratoniano profesional, hace un cuarto de siglo, el hombre era flaco flaco, muy flaco).
Le pregunté:
–¿Cómo estás, amigo mío?
Me habló de su turno. Conduce el autobús desde las 22 horas hasta las seis de la mañana.
Teresa, su mujer, conduce otro.
Me preguntó por mi familia. Mientras le hablaba de mi mujer, mi hija, mis padres y mis hermanos, mi mente flotaba en un mar de recuerdos. De sopetón, viajé a Varazdin, a Munich y a Edmonton. Me contó que ya no corría:
–Ya sabes, se me averió un tendón de Aquiles. Me operaron y se acabó.
No hubo más. Treinta segundos más tarde, se disculpó.
–Debo dejarte o rompo el horario.
Por un instante, me asaltó la duda. Me planteé sacar billete, tomar asiento e irme con mi amigo, seguir viajando en el tiempo y recordar aquellos años en los que ambos pensábamos comernos el mundo a paletadas.
Lee también(Lector, si usted se sube a un autobús N0 en la profundidad de la noche, fíjese en el conductor: podría ser un héroe. Están por todas partes).
lavanguardia