Espectáculo mayúsculo con asterisco

De vez en cuando se dan partidos así. Recoges la acreditación con gesto rutinario sin tener ni idea de lo que te espera. Has llegado más pronto de lo habitual porque un Barça-Atlético suele anticipar grandeza y crees que colocarte antes en tu puesto facilitará la inspiración. En los prolegómenos, cualquier detalle suele valer. De repente, con el ordenador ya conectado, el partido te pasa por encima y exige que solo escribas de él. Todo es chicha. Nada le sobra. Qué excitación.
De Jong y Pedri se felicitan
Enric Fontcuberta / EFEA los cinco minutos el Atlético se ha adelantado por dos veces. A los 20 el Barça ha empatado. A los 30 has visto meter la pierna a Frenkie de Jong como lo haría el torito Zuviría, revelación que se une al emocionante regusto dejado por la imagen de Cubarsí recorriendo medio campo besando el escudo con cara de felicidad. De hecho, el central, que acaba de marcar su primer gol con los colores que ama, la está sintiendo. En el estadio, todos los barcelonistas la comparten. La atmósfera se hace única. Hay una sensación de trance colectivo que convierte cualquier jugada en posible. El caudal de juego es tal que retrotrae a anteriores Barças gloriosos. Iñigo Martínez cierra la función momentáneamente con un gol de córner a la antigua. Eso hacían los centrales vascos toda la vida y Flick es alemán, así que el juego aéreo se le vuelve a dar bien al equipo blaugrana.
La obra es tan densa que requiere de aquel descanso propio de película antigua de cuatro horas ('The Brutalist' por cierto ha recuperado la bonita costumbre): la pausa es requerida para reposar las emociones vividas y las que se ven venir.
Clímax Se produce una sensación de trance colectivo que convierte cualquier jugada en posibleLa segunda mitad vuelve a centrifugar estómagos, corazones y cabezas. El Barça baila al son de Pedri y mete otro pero la renta de dos goles no es suficiente para un Atlético que no parece de Simeone sino de su primo ambicioso, que al parecer habita en él. La función acaba en 4-4, un resultado atípico como la experiencia vivida. Los jugadores del Atlético se marchan eufóricos y los blaugrana, frustrados, pero en el ambiente flota la percepción de noche copera única. Y asoma el gusanillo que será serpiente con el paso de los días porque habrá partido de vuelta.
Ser o no ser... optimista
Llegados a este punto, uno no sabe qué hacer. Desconfié siempre de los optimistas radicales casi tanto como de los agonías pegajosos. Cuando durante el covid se decía que “la pandemia nos hará mejores” me mordía la lengua para no cortar el rollo a esos entusiastas insoportables. Con el Barça, serán los años, me sucede lo mismo. Es obvio que el Barça ilusiona, yo personalmente me he subido al carro de la esperanza, pero me molestaron quienes minutos después del sorteo de la Champions metieron el champán en la nevera o alardearon de reservar hotel en Munich, sede la final, más que nada porque son casi diez años sin levantar la Copa de Europa. Optar por contener la euforia es mostrar respeto por los rivales pero sobre todo por lo sufrido en los últimas temporadas. Recordar las penurias, y no esconderlas como si no hubiesen existido, da más valor a los futuros éxitos, porque remarca que el regreso a la senda de la alegría ha costado esfuerzo y ha implicado la convergencia de muchos elementos para nada arbitrarios. No hay que cantar victoria nunca antes de lograrla. Valga el partido de anoche, tan maravilloso como aleccionador.
lavanguardia